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Grito y Montaña
Del grito al camino, madre y montaña,
voz seca de arrebato por violencia triturada, labios rosados teñidos de mortales exabruptos, una voz guardada condensa la sangre de plata. En la altura del deseo yace el ansia de conquista, fervor poderoso unido a la tierra añeja, madre ancestral de verde y seca hierba teñida de lustre áureo con paja y mortaja. Soles azules cuentan por cientos desvaríos, bañando inmensas soledades de cuerpo ufano, la tierra palpa la tibia sangre incandescente, en derredor las flores, marchitas, se desgarran. Del grito el espacio destila un aroma siniestro, el alma pérdida alrededor de la luz de una vela, timpanos de agua entre tormentas de hiel reclaman al viento toda suerte de odios. Lo que Vendrá
En tenue cadencia llega abril, rosado,
maltrecho, desnudo, su mente exhultante, baja la cabeza, y es el sol radiante quien vela el sepulcro del enamorado. Es noche y hay luna, y abril, sonrojado, descubre una aurora de luz vacilante de tinte azulado, y es la luna amante quien abre el sepulcro del enamorado. Quedan dos mejillas que luchan a ciegas contra el vasto enigma del cielo estrellado; y el canto afilado de la humeda tierra refleja y ordena un sueño empapado, lo descubre al fin, y ese sueño encierra una lenta muerte de color morado. Narciso
Vuela Narciso sobre las sombras de la tierra, el cielo y el infierno. ¡Oh Narciso!, pequeño amigo, ¿donde quedó el sutil despertar, cada mañana, de la fuente de la vida, que regocijaba al mundo y a los tuyos? ¿Recuerdas, Narciso, cuando por nada ni nadie querias cambiarte, cuando, a cada momento, un placer infinito llenaba tu mente y tu cuerpo, y cabalgabas las olas del deseo sin ningún impuro esfuerzo? En las más claras aguas te reflejabas, aguas de inocente transparencia, como las alas del colibrí se reflejan en los frágiles petalos de la tibia amapola. Entonces, Narciso, no había odio que te hiciera despertar del corto sueño de la vida, pues tu mismo eras esa vida, ese leve sueño de la tierra y del cielo.
Sin Título
Bella suplicante de rostro lunar
que brillas tras la hoguera del eterno cisma, ven a empaparte del primitivo ser que concede a los muertos hálito de vida. Un óbito tenebroso se extiende a la orilla del mar azul, aquí y allá busca la paz en las tinieblas de la razon, silente y dulce, trágase sonriente lo humano y lo inhumano, ¿quien no esta muerto? piensa el coro de las desdichas. Invoco al mal hedor de la memoria: "Vete o disfrazate". La luna quiere sucumbir a la luz de la estrella, en los sueños no hay voluntad, sea pues metáfora y razon. "Transfigurate, peste", que no muere, "abre el camino". Los cielos se tiñen de tonos rojizos y el mar es de seda, caminando sobre las aguas nuestros cuerpos se sonrojan y a la luz azul del dia los mas dichosos ya no respiran, engullidos por un fuego cándido y salobre. Pescado
En la tasca del mercado se vende pescado,
aderezo de negrura a la vida en silencio, los pajaros revolotean sobre la mercancía, por si a algún pez muerto se le caen los ojos. Vísceras de barrio cantan a la razón del mundo, el pescado vuela y golpea a la dama siniestra, sus agallas escondidas respiran en vuelo bajo, conspirando contra fiebres de amor en esencia. La sangre del pescado, como barro de hiel, gime no se sabe que suerte de necesidades, chica y podrida en las cavernas del odio, esparce sus desechos como si a alguien importara. La Musa Negra
Me adentré en un bosque de árboles petrificados,
donde la musa negra esperaba sonriendo impaciente, buhos sin conciencia bramaban sonidos de piedra que inmovilizaban mi corazón verde humeante. Trinos de pajaros celestes me daban aliento, en busca de la musa en sueños, ojos de verde errante; mis parpados vencidos en flores de tinieblas se secaron, los árboles de polvo movían silenciosos sus ramas eternas. Llegué, desfallecido, al oasis de la razón, maligno; la musa negra me seguía cantándole al presente, mi cuerpo envilecido siguió la falsa ruta, camino, hasta las puertas de una triste y tenue locura. Salí, por fin, del bosque de árboles petrificados al son ligero por el sol iluminado, de cera, cayendo en el camino con el aliento desviado, exhalando vapores rojizos de un amor muerto. Promesa
Aquel día, mi brazo paralizado cayo lacio y asi se quedó. Y así seguirá en todo tiempo mientras el misterio del amor no despierte una sana alegría. Alejado de la materia, la luz inunda mis ojos ebrios y el recuerdo de una ilusión me impulsa a la muerte. Cuando nada quede en el vidrioso torbellino del pasado y la sangre inunde mis sanas arterias, y la conciencia, entre trapos viejos, se torne en divina voluntad, volveré a caminar como un niño sabio entre flores y dulce poesía. Y si la suerte así lo quiere, cantaré a los heroes y a los dioses del pasado como el adolescente que da su primer beso. Cuando la luz efervescente de la vieja luna invente algún pequeño deseo, lo tomaré, y lo moldearé a la forma de un tierno amor. Y si la suerte, de nuevo, así lo quiere,
volveré a frecuentar la materia y descubriré nuevas desdichas.
Elección
Cuando se levanta el Sol y mueren las cigarras,
la luz inunda las esferas de roca y hielo, la vida ha muerto en favor de la necesidad y los ángeles se tumban hastiados sobre las nubes. Basta ver a los oriundos de nuestro cielo, para buscar siluetas de inoportunos amores, del ideal al sutil, al llano o al veloz o, ¿qué más da? sólo dos ojos sobre letras de locura. Cuando el Sol ha cedido y las hormigas reposan, nada queda salvo la poesía y el mañana y, aquí, la desdicha de la elección, rota por el caprichoso azote de la noche. Basta oir a los antiguos gigantes, a la sombra del absoluto poder divino o al amparo de Apolo, para desear que lo vulgar se abra paso entre los trillados caminos de las musas. La Espiga
La hermosa espiga floreció de nuevo anoche,
esta vez la regaré con mis mejores lágrimas, rozaré con cuidado su tierno tallo, y me bañaré, como la luz del sol, entre sus brotes amarillos, el viento silbará suavemente hacia su cuerpo, y la lluvia sobre sus rizos será mi alimento. Su pelo enrojecido no tendrá importancia, descenderé desde el alma a la fina tierra que sustenta y cobija su savia inocente; la caja de Pandora no será nunca abierta. Romance del Diablo
¡Que tiente al diablo el son de las tintas empapadas,
juego de sangre y sudor que hacia la tierra resbala. Llegue el son hasta mis ojos con cadencia de hora extraña, brille su luz ante mi como ecos de metralla. Juegue el diablo las cartas desde su excelsa atalaya, enviándonos sus dones de ser, verdad y otras máscaras. Vengan las cartas marcadas con el corte de una llaga, y con el puño cerrado apretadlas y asfixiadlas! En el cielo del Olimpo el diablo echó las cartas, y de impúdica inocencia murieron al fin las Parcas. Del mundo el Bien se apodera con la fuerza de un titán, y las burlas del diablo hacen a Zeus tiritar. El tiempo se ha detenido, para poder contemplar, la caída de su hijo desde su exilio estelar. Cronos ríe sin malicia, en su trono, con clemencia, ve el pasado y el futuro, tiene infinita paciencia... Marca el diablo su canon con las pautas de una ciencia, aprovecha de lo eterno su sin par benevolencia: "De los cielos refulgentes y la noche oscura y plena, que brote vuestro Universo como un canto de sirena, que nazca cada metáfora de las brillantes estrellas, como espuma de las olas que bordan al mar su esencia, y que el mar devuelva el agua, como dones a la Tierra; un pasado y un futuro que sus tristezas envuelvan." En su silla de madera Eros espera, embriagado, que lo perpetuo renazca de los misterios del hado, pasar a la acción no puede, clásico y bello, marcado con las ansias del afecto y lo apolíneo exhaltado. De una voluntad profunda, el gran muchacho ha tomado poemas de verde lira y coros aun no cantados, satisface los anhelos que el diablo ha censurado al vengarse, sin pudores, de los efluvios de Erato. De tal misterio creador, buscó el diablo el hechizo, que torció el canto en plegaria y bendijo lo prohibido, del mar, el fuego y la tierra, todo aquello que nos hizo, como una bella mujer con el corazón herido. Melpómene ha despertado, con los constantes chillidos que Eros remite al hombre desde un lugar sin sentido, y entretanto se deshace el alma del ser impío, de pronto se encuentra el hombre abrigado en el olvido. La magia al fin da sus frutos, y el diablo se lamenta de terminar su trabajo sin oír cantos de fiesta, pues el hombre ya ha olvidado su condición en la Tierra, y si alguna vez recuerda, se viste para la guerra. Transmutación de las almas, difuntos en la vereda, extintos en tono rojo machacados en la piedra, el legado del diablo, escrito en enmienda negra, conduce a una poesía carcomida por la brea. Icaros de alas de bronce surcan el cielo en la noche, para escapar del olvido, y que su vuelo prologue fantasías o secretos, nuevas verdades que roben protagonismo al diablo, vivo de muertos de adobe. Para el Icaro el diablo ha de encontrar el azote que ponga peso a sus alas y su deseo malogre; una memoria al futuro, una voluntad innoble, las cargas de la ironía o dialécticas sin nombre. De la tragedia de un dios, el diablo deja marca en el corazón del hombre que de vivir no se espanta, y en los cielos sulfurosos animados por la calma se expresa el rostro del hombre feliz de cielo y desgana, de fe que el diablo vuelve, con el suspiro que exhala, exigiendo de su arbitrio fragor para la batalla que se plantea en la tierra, espejo del mal que clama por su derecho de sangre, solución que el aire inflama. El trono huérfano al tiempo que el diablo ha propagado, de oropeles y guirnaldas y colores bien pintados, se tiene por bienhechor de los ánimos colmados, que buscan en el futuro suertes de cambio, irritados. Una invocación perenne es lo que busca el diablo, de suerte que en sus entrañas sobrevive un llanto amargo, de la conciencia, y el acto de convertir al amado en ser humano, y seguido, en señor de lo creado. La conciencia de los hombres de colores viste el diablo, al fijar en el futuro un afán y cien vocablos, a manera de un espejo que reflejara un retablo de pasiones encontradas convertidas en harapos. Las pasiones exhumadas en un templo sacrosanto combaten con mil razones de poderes y, entretanto, aquel diablillo orgulloso escapa a su desengaño: ¿alguien querría encontrar en su acción tanto quebranto? Como un dios transfigurado, grotesco como la Equidna, de entrañas enrevesadas y aspecto que al hombre anima, el diablo tienta a los muertos con su eternidad, que arrima, el don mortal de los hombres a la infinitud divina. De la yerma tierra el hombre resucita como enigma, mas la realidad no aclara sino una suerte de alquimia: signos al cielo elevados, brotes de obediencia en liza y virtudes inventadas al son de voces de cripta. El mayor bien de los hombres; la mas alta perspectiva que baña el coro del mundo con sus goces e inventivas, y del mundo hace el hogar de su fuerza sensitiva, es materia que al diablo le causa profunda herida. Sintiendo el poder que exhala la pureza de la vida, mezclada con la conciencia, se plantea la diatriba de la muerte de las almas, invocando desmedidas esperanzas, y delirios, de fortuna prometida. |
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